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Facultad de Humanidades y Educación

Columna: El enseñar como un pensar. Pablo Aravena

En primer lugar, quisiera saludar y felicitar a las generaciones de las tres carreras de pedagogía (Historia, Música y Filosofía) que hoy egresan de nuestra facultad, la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Valparaíso, universidad pública regional y una de las dieciocho universidades del Estado de Chile.

Este será el tercer año, de mi período como decano, en que debo repetir el tono de mi intervención. Pero si hace dos años atrás las cosas no parecían ir bien para nuestras universidades, hoy estamos entrando en una franca crisis que no permite ver salidas que, a su vez, no impliquen asumir altos costos internos (es lo que tendremos que afrontar por no poder dar una lucha política abierta y transversal en defensa de la educación pública). Pese a que la Universidad de Valparaíso ha podido sortear con relativo éxito esta crisis, que se arrastra ya por demasiados años (haciendo del estado excepción un estado permanente), la dirección que toma el actual gobierno, desprendida tanto de sus declaraciones como de sus acciones iniciales, lo único que permiten proyectar es un camino áspero y escarpado para toda la comunidad universitaria, y en especial para quienes queremos, y siempre quisimos, ser académicos y académicas de una universidad pública de Chile. Lo que se vislumbra son medidas de desfinanciamiento, a un sistema de educación superior público ya desfinanciado, y unas medidas de control draconianas, que suponen fundamentalmente la desconfianza ante lo que hacemos. Quienes nos dedicamos al estudio y enseñanza de la historia sabemos que esta es la manera en que se comienza: primero, la “desinfección”, un desnudamiento –hoy con la excusa de la transparencia– que va directo a amancillar la dignidad académica. Y la imagen que resta –la “quema de libros”– ya ha sido prefigurada también a partir de dichos de prensa en las últimas semanas respecto de los resultados de la investigación científica.

Y, no obstante, sabemos que la crisis no empezó en marzo pasado, sino que tiene larga data. La destrucción de la universidad pública comenzó a inicios de los ochenta (o incluso antes), cuando se desconfiaba del pensamiento ¿Por qué? En primer lugar, porque cuando se piensa uno no sabe a qué juicio llegará, si será conveniente o no a los poderosos. En segundo lugar, porque el pensar demora y, en este sentido es, en lo inmediato y a la vista de mentes retabilistas, antieconómico. Pero también porque pensar siempre se hace a contrapelo, el autentico pensamiento no necesita llevar el apellido de “crítico”, pues quien piensa debe revisar y dar cuanta de su propio lugar de enunciación, cual sea este.

Se piensa en contra, incluso en contra de uno mismo, por lo que nada raro son los extravíos. Quien prefiera la tranquilidad de las verdades fijas o no quiera ver su identidad puesta a prueba, que no piense, que repita cosas, que persiga a sus gurús, que repita consignas vacías, que “se porte bien”.

Es precisamente a esto queremos que propendan ustedes en sus ejercicios profesionales. Un buen comienzo, por ejemplo, sería el “no quedarse acá”, que exploraran el país haciendo docencia en rincones alejados del centro en donde las infancias y los contextos socioeducativos son de otro tipo. Ahí es donde deberán pensarlo todo, cuando las cosas no les funcionen y se vean obligados a preguntarse ¿qué hago?, ¿cómo lo hago? Siempre podrán escribir o llamar a su profesor o profesora de la facultad en que más confiaron, pero también confíen y pregunten a sus nuevos pares, aprendan lo que deban de ellos. Y desde luego pregunten a los niños y niñas que acompañarán, como a las juventudes de sus aulas, si vuestro qué hacer les hace sentido. No avancen ciegamente con el libro de texto, o los lineamientos ministeriales, debajo del brazo. Ni ellos ni ustedes se merecen eso.

Es cierto también que las cosas en Chile no andan fáciles para el ejercicio docente. Pero es verdad igualmente que “nunca mucho costó poco”. Con el cansancio pasa lo mismo que con el dolor, no son intolerables por sí mismos, lo insoportable es experimentarlos sin sentido. Es eso lo que tendrán cuando –habitualmente años más tarde– un exalumno, una exalumna, les salude con afecto. Un gesto suele decir más y ser más fiable que las palabras: basta apretar las manos, o un abrazo amistoso al final, para que se nos abra ese mundo que queremos habitar con el otro.

Valparaíso, 25 de mayo de 2026.

Pablo Aravena Núñez es Decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Valparaíso.